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09/02/2011

Petroquímicas

Sigueleyendo

TITO ROS

Vagamente recuerdo una historia de Lovecraft –y que seguramente escribió alguno de sus amigos- en que se levantaba un muro en medio de un bosque del que nadie podía saber qué ocurría al otro lado.

Normalmente a mí no me interesa lo que ocurre al otro lado. Soy de los que no ven el muro.

Si puedo leer por gusto leo sobre mis mundos; los otros no me interesan, no están en mí.

En mis mundos siempre hay niebla y la rana de la charca no croa porque teme la presencia de la sombra.

En este mundo no hay cabida para petroquímicas y, sin embargo, a veces tengo que leer por curro.

Me cayó entre manos la novela de Jesús Gil Vilda, Crisis de gran mal, y la disfruté como pocas.

Imagínenme en mi sillón no acabando de encontrar la postura cuando leo en las primeras páginas que la acción está trascurriendo en una fábrica de Puertollano. Además, ya me supo mal de entrada el título del libro, fallido y confuso, y haber leído en la contracubierta la palabra epilepsia. Creí en esos momentos estar delante de un libro sobre la vida real, yo, que todavía ni siquiera he seguido un fuego fatuo.

Tampoco me gustan las primeras novelas, las encuentro recargadas, y de ésta se dice en la misma contracubierta que “es una ópera prima deslumbrante”…

Pero de pronto

Un momento, llaman a la puerta y yo no pedí pizza.

………………

Disculpen la interrupción.

Pero de pronto, me vi trasladado a las Antípodas, a la Pampa Húmeda y concretamente a Bahía Blanca. Yo estuve allí. Yo vi grandes nenúfares nadando en la costa llegar a la playa y multiplicarse como anfibios. Yo vi la petroquímica iluminada por la noche. Y saludé a un par de chicas de ésas que salen contentas de los tugurios del puerto. La vida real tiene estas cosas.

Y el viaje que nos propone Gil Vilda es apasionante. No sólo porque nos lleva a Bahía Blanca y a la Nueva York de los perritos calientes, sino porque nos muestra a gente como yo qué hay detrás del muro.

Detrás del muro, señores, hay multinacionales, hay despidos masivos, hay un ecologismo mal entendido que sirve para que ricos magnates y políticos mangantes improvisen escapes tóxicos con el único fin de cerrar una planta y echar a los trabajadores. Y, lo mejor de la novela de Gil Vilda es que no hay esperanza, no se vislumbra una salida; ni siquiera la epilepsia te cura. Crisis de gran mal es una novela terrorífica.

Yo, que leo a Arthur Machen en mis momentos de zozobra, que he conocido y me he casado con las Antípodas y que enmarqué la carta robada en el vestíbulo de mi casa, he vislumbrado también otros mundos en el mundo real que pinta Gil Vilda y es que para que el disfrute de Crisis de gran mal sea total también da cabida a una fantasma-sirena-prostituta de ascensor que no se llama Soledad y a un tal Scott, que fuma en la oficina a cubierto de la sombra y por eso la rana no croa.

Link a la noticia: http://www.sigueleyendo.es/petroquimicas/.

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